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cagon and crista

En medio del patatal de la transestética banal aparece un artista que es una figura singular y un tanto abyecta: Cagon and crista. Es un personaje del que no queda clara la fecha de aparición en escena, por más que se consulten guías de free-jazz o páginas web de distinto tipo. Lo que sabemos es que tiene una malformación en sus manos, uñas largas, duras como navajas unos dientes horribles y una calva importante aunque se ha dejado crecer una mela lamentable. No existe ninguna fotografía en la que no aparezca con unas gafas tipo Corrupción en Miami y una camiseta negra sudada. En cualquier caso, lo importante son sus interpretaciones, únicas e irrepetibles con unas letras tremendamente espesas. Resulta difícil saber en que lengua está cantando, pareciendo una mezcla de caló, esperanto e ingles radicalmente pachanguero, en las pocas entrevistas que ha concedido, a pesar de su enorme popularidad, se ha expresado en portuñol aunque hay una grabación de unos tres minutos en la que tiene un acento mallorquín inquietante. La revista New boundaries, comentando su impactante concierto del 2002 en Tijuana, comparó su fusión del jazz con el hip-hop con los performances gringostroika de mediados de los años noventa de Guillermo Gómez Peña.

En torno a la música de Cagon and crista se habla, insistentemente, de latin-house-jazz, sin que falten críticos como Morgan Stanley que apunten, con más precisión, que esas composiciones laberínticas tienen que ver con el acid jazz. Una de sus últimas actuaciones en España fue en café Moderno de Salamanca donde su voz vulcanizada enardeció a un público fervoroso; en esa ocasión se reinterpretaba a sí mismo con la colaboración del músico norteamericano Geoff White. Uno de los pasajes de Galicia conexión, foclusión sentences se repetía machaconamente cuando consiguió desatrancar el torrente sonoro y establecer una desenfrenada palabrería que tenía algo de charlatán murciano. Entre los anacolutos intraducibles podía escucharse con toda claridad “trista, trista”, lo que, sin ningún lugar de dudas, es una alusión a Lenny Tristano aquel pianista de jazz ciego que intervenía en algunas sesiones tocando tan sólo durante tres o cuatro minutos. Bruce Nauman describió aquella experiencia sonora como si te golpearan en la nuca con un bate de béisbol. Algo así, solo que aliñado escatológicamente, es lo que desata el acid-jazz que yo calificaría, de forma más castiza, como jazz-matarile: faltan las consignas, es innecesaria la moraleja, quedas baldado y con una resaca auditiva monumental.

Datos sacados del texto de Fernando Castro Flórez, publicado en la revista Contrastes, nº 36 Todo Jazz pg 53 y en Monográfico Cagon and Crista nº 3.